Haciendo el bien

Por Víctor Bullen, miembro del equipo del Bach Centre, 1936-1975

Era una de esas mañanas cuando uno se levanta con un sentimiento de opresión, pensando en la intranquilidad y temores del mundo. Pensamientos inútiles que no ayudarían ni animarían a ser alguno, en su lugar producirían tristeza.

El canto de un tordo al otro lado de mi ventana penetró mi consciencia, lo observé y escuché.

El sol mañanero destellaba a través de los árboles y el rocío sobre las hojas semejaba diamantes.

Otros pájaros acompañaban el canto del tordo, mi espíritu se animó y me regocije con la naturaleza; le agradecí a Dios por esta misteriosa y maravillosa vida.

Pensé sobre el tordillo que me había alertado sobre la belleza y el amor, se me ocurrió que él no estaba tratando de alegrarme o hacerme algún bien.

Él estaba ajeno a mi situación. Estaba simplemente disfrutando su breve vida al máximo y sin embargo me hizo bien.

He escrito anteriormente sobre la importancia de ser feliz y cómo cada uno de nosotros que logre alcanzar deleite puede iluminar a todo el universo.

Gracias al cielo por todos aquellos quienes se esfuerzan en sanar las heridas de la humanidad.

Pero sobre todo, gracias al cielo por aquellos que han logrado algún tipo de regocijo en la vida, esos quienes permiten que la luz de su felicidad brille.

Es el desarrollo del amor, luz y alegría en el mundo que eventualmente disipa la oscuridad y la enfermedad.